Rafael Pinedo: Los infiernos en la tierra

Por Gabriela Borrelli Azara

“Por mí se va a la ciudad doliente,

por mí se va en el eterno dolor,

por mí se va con la perdida gente”

“Todos los que entraís aquí, abandonad toda esperanza” está escrito en una de las puertas a la entrada del infierno. Y si vas a leer a Rafael Pinedo, no solo preparate para uno de los infiernos mejor logrados de la literatura argentina, sino que desprendete de todo lo que tengas y empezá a correr. Cielos oscuros desde donde solo cae una lluvia negra, el barro como único suelo donde pisar, cuerpos llevados hasta el extremo de sus posibilidades, fríos polares que avanzan sobre las ciudades, caminos subterráneos donde seres parecidos a los humanos habitan sin saber lo que es la luz. La idea-leyenda del sol o del pasto. Un tiempo anterior o futuro. No se sabe con certeza. Un no tiempo sin escritura. Esos son los mundos que crea Pinedo en sus solo tres libros, solo tres. Como un Rulfo nuestro y fantástico: Plop, Frío y Subte. Parece que Pinedo comenzó a escribir a los 18 años pero luego incendió todo. No le pidió a ningún Max Brod que lo hiciera, sino que con sus propias manos incendió sus libros. Algo de ese fuego se traslada a las manos de los lectores que sienten como un incendio en cada página. Luego estudió Ciencias de la Información, trabajó como actor y a los 40 inició algunos talleres de escritura: Ana Jusid, Guillermo Saccomano, Alberto Laiseca, donde terminó de delinear Plop. Plop es el perfecto hijo de ese mundo-infierno pasado o futuro de la literatura pinediana.

“Llovía desde hacía una semana. El agua lavó la mugre que le corría por las piernas cuando rompió bolsa. Nadie se enteró. Iba desnuda de la cintura para abajo. Detrás de ella iba la vieja Goro, mirando al suelo. Como siempre. La alertó un berrido, un ruido sordo, amargo, en el charco de barro que tenía adelante. Se agachó y lo levantó. La vieja cortó el cordón sin detenerse. Le hizo un nudo en cada parte.”

Ese plop, ese ruido sordo, le daría el nombre al protagonista de la novela que mereció en 2002 el Premio de Novela Casa de las Américas con un jurado integrado, entre otros, por Alberto Laiseca que se entusiasmó mucho con Pinedo. En un mundo sin escritura, no sin metáfora, la onomatopeya crea nuevos símbolos y se hace nombre propio. Plop pertenece a un clan, y llega a liderarlo. Accede al poder valiéndose de astucia y crueldad en una de las escenas mejor logradas de la novela. Es el momento en que el volcán explota y la lava nos va a llevar a ver como Plop reina con una crueldad impiadosa a los suyos. Por momentos se revela una novela sobre el poder, sobre la traición, sobre el amor, pero cuando nos damos cuenta que eso pasa en un mundo tan lejano y diferente al nuestro, sucede la literatura. Alejandra Zina, escritora también formada en el taller de Laiseca recomienda con fervor la novela de Pinedo a sus alumnos en los talleres que dirige: “Para los de afuera, Plop todavía era un secreto. Para nosotros, los de adentro, era una joya descubierta que debíamos conocer. Laiseca había sido parte del jurado que en el 2002 otorgó el Premio Casa de las Américas a la novela de Rafael Pinedo. Tiempo después Pinedo estuvo yendo unos meses a su taller y por poco no nos cruzamos. Cuando yo entré, él ya había dejado de asistir, pero su nombre y el intrigante título de su libro sonaban todo el tiempo entre los compañeros y en boca del mismo Laiseca. Tenés que leer Plop. ¿Cómo, no leíste Plop? No, no lo leí hasta que me choqué con el hermoso ejemplar de Interzona, la Colección Línea C de fantástico y ciencia ficción que dirigía en aquel entonces Marcelo Cohen. Lo leí atónita y de un tirón. Como seguramente se lee Plop. Deslumbrada por ese mundo desconocido, brutal, enchastrado de barro, mierda, placenta y sangre, que narraba el nacimiento, ascenso y caída de Plop, un héroe trágico, intrigante y astuto como los príncipes shakesperianos. Otro mundo con elementos del nuestro, claro. La poética áspera, el fraseo telegráfico, el lenguaje por momentos aporteñado:-Hijo de puta –le dijo con una sonrisa parecida a una mueca./-¿Te morís? –preguntó./-Sí./-No jodas./-No jodo, el que se jode sos vos, que te quedás en este lugar de mierda. A principios de los 2000, Plop era una rareza. Lo sigue siendo. Un relato que nada en las aguas pesimistas de la ciencia ficción, rodeado por un paisaje pos-apocalíptico, primitivo y futurista a la vez. Mucho después me enteré que Pinedo había circulado por otros talleres y que antes de Plop escribía cuentos realistas al estilo Carver. Me cuesta imaginar esos textos y a la vez intuyo el movimiento tectónico que debió ser en su vida esta otra escritura. Plop, luego Subte y Frío. La irrupción de una obra a pesar de él”.

Subte y Frío son dos novelas editadas luego de la temprana muerte de su autor. Y la palabra “temprana” cobra otra dimensión si estamos inmersos en sus textos. Pinedo murió a los 56 años, pero había empezado a publicar después de los 40. Es temprana en relación a los textos que nos faltan, que habitaban la cabeza de Rafael Pinedo y que quedaran siempre en esa extraña serie de los libros soñados y nunca escritos. Elsa Drucaroff organizó una lectura en el año 2009 donde la compañera de Pinedo leyó algunos fragmentos de esas dos novelas aún inéditas que después publicaría Interzona, en un volumen que incluye Subte y una suerte de proyecto sin terminar que se llama Laberinto.

En Frío una profesora de Economía Doméstica se queda sola en un paraje desolador y frío solo acompañada por las ratas a las que odia. Pero el frío no es un frío cualquiera. Pareciera uno de esos fríos apocalípticos donde no crecerá más nada, pero la muñeca de Pinedo reside en no volcarse del todo por lo apocalíptico, sino dejar entreabierta una puerta por donde desconfiamos del final o tal vez lo creemos el principio. Una escuela en movimiento, monjas que “tocan” a sus pupilas abiertamente, y la profesora devota y metódica que se queda sola enfrentando temperaturas bajo cero:

“Se quedó inmóvil el tiempo que el frío se lo permitió. Era grande el esfuerzo para no verter lágrimas que se congelarían y destruirían sus lacrimales; los pies habían perdido toda sensibilidad, el peso de su cuerpo lo sentía en las rodilla, de allí para abajo, nada. Golpeó y pinchó el cuerpo del animal para asegurarse de que estuviera muerto”.

Tanto en Frío como en Subte las protagonistas son mujeres que deben radicalizar las posibilidades de su cuerpo. Una luchando contra el frío. La otra contra la oscuridad. Subte comienza con una mujer de ocho meses de embarazo corriendo para no ser atacada por lobos hambrientos. Se pierde entre unas viejas vías de ferrocarril y se interna en unos subterráneos donde deberá sobrevivir, sin agua, sin luz, sin destino. Ella espera estar embarazada de una niña, como la protagonista de Frío sueña con el rostro de la pequeña María Angélica, como si ambas quisieran retornar a un tiempo pasado y mejor donde todavía no existían como mujer. Es una línea muy sutil la que trabaja Pinedo, pero esos dos textos se relacionan por el mismo tópico: una mujer enfrentando con su cuerpo la adversidad fatal y los hombres como el recuerdo cruel de un tiempo pasado.

La literatura de Pinedo es una de las más hermosas aventuras que nos regala la ciencia ficción vernácula. Abandonar la esperanza en las puertas del infierno y confiar en la alegría que brinda leerlo puede ser una clave de lectura.

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